Una pizca de sal – Rafael Sanmartín

RPNews. Como el Alma. Como la vida. Todo está en venta. Hemos perdido los pensadores, filósofos, humanistas, que daban sentido a las cosas, que nos ayudaban a comprender dónde estamos, qué hacemos, para qué existimos. Hemos ido existiendo para servir de base a una sociedad de consumo cada vez más individualista, más sectaria, más egoísta. Más capitalista. El capitalismo no es liberalismo; el capitalismo combate, impide, destruye al liberalismo. Liberalismo sería que todos pudieran emprender, comprender, producir, vender. Pero ha tomado una actitud depredadora, contraria al emprendimiento, dónde se castiga la competencia, lo que impide la libertad de comercio. Sólo valora el beneficio, el suyo, sólo el dedicado a obtener más poder, que implica perjuicio para la sociedad.

Por eso el capitalismo está en crisis. Llegados a la situación actual, si no se reconduce, acción impensable en tanto requeriría cambiar egoísmo por reparto, depredación por generosidad, se acerca a su autodestrucción. Los “grandes” muy grandes esperan acabar con los corderos para comerse entre sí.

La función, la verdadera función de la empresa no es crecer y crecer, ganar y ganar sin límite, a costa de empobrecer, incluso matar de hambre y de frío a millones de personas en la guerra más letal, hipócrita, feroz y permanente que el mundo haya conocido. Guerra comenzada cuando la parte más poderosa destruyó el liberalismo, dando un paso atrás para recuperar las formas del feudalismo. El capitalismo-actual feudalismo no precisa castillos ni ejércitos para doblegar a la mayoría. Sus castillos son sus grandes torres de oficina, sus “ciudades administrativas”, y sus ejércitos, miles de esbirros sumados al funcionariado estatal, para imponer al pueblo la esclavitud ilusoriamente derogada en las grandes revoluciones del siglo XVIII y el XIX. En la Grecia clásica, ya que los negocios obtienen beneficio porque el pueblo consume y compra, los ricos aportaban parte de los beneficios reportados por sus negocios; una compensación a los que el pueblo les reportaba. Hammurabí, rey babilonio autor del Código que lleva su nombre, impidió la esclavitud a la que los altos intereses de los créditos y préstamos llevaban a los deudores, imposibilitados de medios para pagarlos y, por ello, condenados a trabajar de por vida para el prestamista. Para impedirlo otorgó préstamos, desde el tesoro real al 5%, frente al 20% y al 25% impuesto por los particulares. Préstamos que la gente podía devolver. Pero aquellos eran “primitivos”. Ahora el dinero se presta para dar negocio a los bancos, que lo reciben al 0’1% y lo venden al 6, 7 y más. Ahora somos “modernos”.

Como ejemplo de la voracidad criminal actual, véase lo que la supuesta “Unión” Europea ha hecho con Grecia. Y lo que ya tiene preparado para España.

Hammurabí no se quedó en eso: legisló a favor de la buena fe de los deudores, lo que obligaba a no tratarlos como delincuentes que se negaran a devolver la deuda contraída, como hacen ahora los “civilizados” banqueros, empresas de recuperación y listas de morosos, bendecidas por la Administración como supuestas “defensoras” del sistema económico, hasta el punto de crear una actitud favorable limitada al concepto “las deudas se contraen para devolverlas”, ajeno y distanciado de la realidad “las crisis se crean para esquilmar a la mayoría”.

Pero el capitalismo lo invade todo: la ciudad actualmente, sirve al capitalismo; de tamaño presumen empleados de empresas devoradoras, como si el bien fuera propio, cuando sólo llegan a disfrutar de no estar entre los despedidos resultado de toda fusión o absorción. De tamaño presumen y quieren presumir, los habitantes de las ciudades. Como si el tamaño debiera ser el fin, el objeto de la vida.

Hace tiempo, especialistas en urbanismo y convivencia recordaron que el tamaño ideal máximo de una ciudad estaba en los 300.000 habitantes. Pero la sordera del tamaño les habrá hecho sentirse inútiles. En España la villa de poco más de trescientos, elevada por la fuerza del Gobierno centralista a los 3.600.000, la que, por esa misma fuerza, absorbió y despersonalizó a todas las poblaciones de su entorno, quiere seguir creciendo de la única forma posible: despoblando y desertizando. El problema es que en esa ambición no está sola. La obsesión por el tamaño olvida que el tamaño es difícilmente moldeable ni abarcable. Que se atraganta. Que el tamaño excesivo, en una ciudad, no facilita: dificulta los servicios. Deberían comprender que cada ciudad debe impulsar y defender su tamaño idóneo, aquel en que la relación humana, la movilidad y los servicios se cumplen, porque llegan con eficacia a todos los sectores, a todos los ciudadanos.

La ciudad debe ofrecer servicios. El primero, trabajo. Una ciudad no puede ni debe ser un dormitorio. El ideal americano, dónde la gente llega a desplazarse cincuenta o sesenta kilómetros, y más, para ir al trabajo, no es el modelo a copiar pues priva de horas de descanso y añade polución; muy interesante para empresas extractoras, productoras y comercializadoras de energía. Que por algo fuerzan a gobiernos débiles como el español, a penalizar la obtención de energía limpia.

La ciudad, hecha a la medida de la inercia capitalista, debe apartarse de tan peligroso enemigo para dedicarse enteramente a la ciudadanía. Hacen falta buenos medios de transporte, pero no que se fuerce a usarlos por necesidad vital. El capitalismo morirá, la utopía es posible. Morirá cuando la megalomanía capitalista alcance la cúspide hacia la que va, y los uno o dos amos del mundo que queden, obligados a vivir escondidos en medio de su poder para mantener su poderío, necesiten ejércitos, no ya de funcionarios, sino de mercenarios.

La ciudad, dónde está la ciudadanía, no debe dejarse arrastrar. No debe morir con él.

 

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