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Una pizca de sal

Rafael Sanmartín

El pobre, no sabe distinguir un insulto en euskera, euskalduno, vascuence. Ante la duda, un andaluz dice: “-Los tuyos, por si acaso”. Pero no se es andaluz sólo por haber nacido en Andalucía; no es andaluz quien no sabe aprovechar la suerte de serlo. No sabe tampoco aquello de “ojos que no ven…” en este caso “oídos que no oyen”, muy propio de quienes no saben ver ni oír más justicia. que la impuesta por ellos mismos, es decir, la arbitrariedad. El pobre hombre no comprende, ni parece importarle, que el euskera es un idioma oficial, y ni él ni nadie tiene más autoridad que la Constitución, aunque un antisocial reglamento futbolero, pueda ser capaz –si lo es- de otorgarle un poder omnímodo en el terreno de juego, que no es de fuego, sino de juego. De fuego lo quiere hacer la ignorancia, la prepotencia del racismo imperial, de quien aplica todos sus complejos en cuanto goza de un poco de autoridad, y pretende imponer un idioma, como si eso fuera misión de un árbitro, o pudiera incidir en la calidad del juego de los contendientes, en lo que no se atreve a entrar, pues la soberbia sólo sirve para sancionar, como un gobierno autoritario cualquiera.

A lo peor intenta que la Federación –euskalduna mal que le pese-, reclame a la española que no mande más árbitros andaluces a su territorio, que está muy lejos y hay que hacer trasbordo, o arriesgarse al alto frío de la Meseta helada que nos divide. Pero siempre, y en todo caso, está haciendo uso del poder absoluto otorgado por un Reglamento a todas luces, contradictorio con leyes, ya de por sí escasamente democráticas. Un reglamento capaz de otorgarle –si se lo otorga- capacidad para intervenir y decidir en cuestiones absolutamente ajenas al juego, y dar órdenes contrarias a la legislación, por lo que se confirma la necesidad de bajar los humos a los “hombres de negro” (el apelativo sí que es ajustado) y rechazar la particular y restrictiva “legislación futbolera”, como se obligaría a cualquier entidad cultural a rectificar sus Estatutos, para ajustarlos a la Ley. Si la Federación, o el Colegio de Árbitros, o ambos, no ponen coto a estos y otros desmanes arbitrales, estarán pidiendo a gritos su disolución al Gobierno y al Constitucional, quienes deberían rechazar unos estatutos faltones, discriminatorios e ilegales; como lo son esos estamentos que merecerían ser ilegalizados o intervenidos, mediante la aplicación de un 155 bien sonoro y visible, muy serio y contundente, porque a nadie se puede permitir saltarse la Constitución, por mucho que el fútbol cumpla la función de adormidera que tantos beneficios reporta al Gobierno.

Si el ínclito no pudiera comprender un insulto, caso de que lo profirieran, tendría tres soluciones, tres: a) negarse a arbitrar dónde le puedan hablar en un idioma que no conozca. b) hacerse políglota, que le daría un aire cultural muy beneficioso, aunque sea mucho pedir a un mero defensor de su propio y personal totalitarismo. Y c) hacer un arbitraje correcto, imparcial, honrado, y a lo mejor nadie siente interés en resaltar pormenores de sus ascendientes. Ahora, por encima del dictadorzuelo de tres al cuarto, complicador de juveniles vidas, la pelota está en manos del Colegio, de la Federación y, en último extremo, de las autoridades de España, quienes deberían defender la legalidad, incluso en “hechos menores” pero de mayor significación política, como el que nos ocupa, aunque les preocupe infinitamente menos que  implantar el centralismo. Esto sí que ataca la Constitución, pero el Gobierno ya está acostumbrado a dar ejemplo, por lo que su reacción, mejor dicho su falta de reacción, es muy presumible.

Confiamos que, desde un pueblo capaz de sonreír consigo mismo, como el noble pueblo vasco, no se tenderá a generalizar un tan extendido complejo de inferioridad, para creerlo común en el pueblo andaluz, de tan vapuleado, capaz de sacar humor hasta de dónde no hay… Que en todas partes cuecen habas. Vamos, que nadie tiene la exclusiva de subnormales y acomplejados.

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