RPNews. “Una pizca de sal“. Rafael Sanmartín

Todos los seres humanos son seres humanos. ¿perogrullada? Pues no lo parece. No parece que decirlo sea cosa de Perogrullo, pues continua y continuadamente se (nos) clasifica por: color, estatura, estética, peinado, nacimiento, estrato social, estudios, facilidad de palabra, notoriedad –“príncipos” y “príncipas”, nobleza, plebe, nivel social-. Y así.

Fallo o característica del sistema o de la sociedad, porque la gente parece necesitarlo: pecado, creer a quien se crece, pero cuando se busca a alguien para cualquier actividad destacada, por ejemplo para que nos enseñe o nos dirija, se piensa en “popes”, sin tener en cuenta si dispone de alguien más cerca, cuya única diferencia con el “pope” es ser más cercano, no darse tono; no hacerse el imprescindible, ser normal. Grave pecado, creer en quien se crece, en quien habla de sí mismo, o se escuda en su torre dorada para situarse por encima de la gente, alejándose de ella. Confiar en la soberbia más que en la sencillez que dan la honradez y la discreción. Una pena: quien no se auto-encumbra no recibe críticas por “estar” muy alto, pero tampoco es tenido en cuenta. Pobre sencillez, que no cuenta.

Deportistas, actores y actrices, presentadores, políticos, cómicos, autores consagrados, siempre que se mantengan alejados de la gente (quien está cerca no puede ser “importante”, la gente importante debe estar lejos “como te tenemos tan cerca… no creí que eso fuera tuyo” excusa de un amigo muy cercano, que hizo sonreír a un conocido autor). Famosos de todo tipo, levantan ante sí un muro –a veces sin querer, sólo a veces-, capaz de llevar a la gente a valorarlos por encima de la realidad, no tanto en su profesión u ocupación correspondiente, como en lo accesorio. Por ejemplo: una figura escultural puede pasar desapercibida a quien intenta acercarse a un/una artista de moda; por ejemplo. Cuanto más desconocido y lejano, más alto se coloca al famoso ó famosa. Más famoso o famosa se le hace.

La gente necesita ídolos. Un verdadero problema social, porque, cuanto más ídolo sea el adorado, más lejos están el adorador y la adoradora; porque la vecindad de la idolatría, les aleja de su propia valoración como persona. “Los hombres fuertes hacen pueblos débiles. Un pueblo fuerte no necesita hombres fuertes”. Dejó dicho Emiliano Zapata, poco antes de que el miedo de sus enemigos, de quienes querían ser “hombres fuertes”, se ensañaran con su cuerpo acribillado por cientos de balas asesinas. “Para lavar esta afrenta no hay agua en ninguna patria”, le cantó Violeta Parra. No la hay. Su sangre sigue corriendo, hasta hacer de él el hombre fuerte que nunca quiso ser. Igual le ocurrió a Blas Infante, este con sólo dos balas -el miedo de sus asesinos era mucho más ahorrativo que el de los mexicanos- pero seguro le sonrojaría enterarse que ha sido nombrado “Padre de la Patria andaluza”. Por su natural discreción y porque estudió, descubrió, para no inventó nada. Para él la Patria andaluza ya existía. Y le enojaría saber que quienes le han nombrado mantienen en la miseria cultural, económica y política a la tierra por la que dio su vida. Pero a Blas Infante, si viviera en este momento, nadie le pediría un autógrafo. Ni siquiera una conferencia. Porque era sensible, inteligente, valiente, pero modesto. Por el contrario sería discutido y cuestionado; muchos indocumentados “sabrían más que él”; le ignorarían por miedo a su superioridad moral e intelectual. Porque, como persona inteligente, jamás intentó colocarse por encima de los demás.

Tanto hemos perdido. Tanto hemos retrocedido. Cuando cierto intelectual se permitió decir en público –“Yo soy como Blas Infante”, estaba certificando que ni siquiera se acercaba un poquito. Blas Infante no hablaba de sí mismo, fue líder, guía de su grupo sin imponerse, porque sus compañeros, en su nobleza e inteligencia, lo consideraron digno. Hoy todo el mundo sabe más que el de al lado. Todos inventan soluciones y “confluencias”, a su medida. Porque las inventan, o creen que las inventan, después de haberse negado a participar en todas las propuestas anteriores. El protagonismo es el principal elemento identificativo del “progrerío” actual. Y, mientras tanto, la gente normal, sencilla de verdad, se esfuerzan en buscar “sobresalientes” que, con su superioridad, puedan resolver los problemas planteados a nuestra Sociedad. Buscan hombres fuertes para, sin saberlo quizá, crear una sociedad débil. Con ello pueden ser sencillos, pero dejan de ser normales para quedar en número, en seguidores de corrientes.

Todo porque, cuando miran al lado ven una persona de carne y hueso, como ellos; y la tele, el régimen, la propaganda, les han hecho creer que la capacidad está guardada en gente lejana; porque la gente lejana no serán personas, deben ser otra especie deben ser “algo especial”.

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